Hice lo que se
supone que hay que hacer. Escuchar a tus sueños. Confieso que nunca entendí por
qué no se podían poner barreras a los sentimientos, si eso daba paso al dolor
que supone echar de menos…
Entonces hice lo
que nunca me había atrevido a hacer, cortar por lo sano para curar mi enfermo
corazón.
I
Dolía. Por eso
empecé a escribir. No sé si era pleno mayo o sus últimos días cuando elegí por
azar aquel cuaderno de la vieja librería. No estaba en medio del pueblo, pero
todo el mundo sabía de ella. De pequeña entraba solo por su olor a anticuario,
a diferencia de la mayoría de las personas que conozco, que afirman que les
transmiten “mal rollo”, a mí las reliquias siempre me han llamado la atención.
Pedacitos de historias, la vida hecha añicos esperando a ser parte de ti. Eso
son los libros antiguos, ruinas a las que hay que escuchar, pues al final todos
estamos hechos de escombros.
Con el paso del
tiempo ya fueron Bécquer y Shakespeare, entre otros, quienes me invitaban a
recorrer los largos pasillos de papel roído y amarillento. De libros ordenados
de la A a la Z las estanterías estaban repletas, y yo como siempre maldecía que
el abecedario no tuviese veinticinco letras más. Fueron varias las ocasiones en
las que visitaba aquel lugar sin tan siquiera dinero, de hecho me pasaba por
allí dos o tres veces en semana, cogía el libro que por ese momento acaparaba mi
atención y leía un capítulo fugaz. Luego lo dejaba, pues no sabía si aquello
estaba del todo correcto y no había sido nunca una chica de saltarse las
normas. O eso creía. Finalmente, entre visita y visita, acababa la historia sin
darme a penas cuenta. Aquellos libros que nunca se marcharon a casa conmigo
terminaban siendo para mi algo más que lectura. Parecíamos amantes, furtivos,
disfrutando de nuestra compañía de ratos, siendo en ellos los únicos seres que
podían escapar, subir, navegar por la atmósfera de La Tierra, y luego
olvidarnos. Algo así sucede con el amor cuando se apaga, que se convierte un
libro cerrado.
-Son doce euros.
Joder. Que caro.
La dependienta de
la enorme librería me conocía, y yo la conocía a ella. Aunque más que eso, nos
teníamos en cuenta, ya que no sabíamos nada la una de la otra. Yo iba y le
compraba, eso era lo importante y lo que a ella le importaba. Menos mal que me
gusta leer, porque si llega a ser por su don de gentes habría dejado de
comprarle más pronto que tarde.
Pagué por aquel
cuaderno, que no sabía para qué exactamente lo iba a utilizar, y me marché sin
despedirme. El calor en la calle era espantoso, pesado y pegajoso, llevaba
puesto un short, demasiado short para mi madre, que con el largo de
mi blusa de tirantes desaparecía, blusa que dejaba a la vista con facilidad la
lencería de mi sujetador. Y eso me gustaba. Mi pelo ese día estaba súper más rizado
que nunca, y mis botines tobilleros eran la banda sonora de la acera. Mi
bandolera, con dos o tres libros, pesaba más de lo habitual. Es lo que tiene
engancharte a más de una historia a la vez.
Recuerdo los
silbidos de ciertos especímenes, a los que pongámosle unos 30 años, que en la
calle trataban de llamar mi atención. El pan de cada día para cualquier chica
de mi pueblo. A veces te gritaban cosas obscenas, que podías caracterizarlas
así por el tono que empleaban, porque no era raro que ni supieran pronunciarlas.
Yo nunca había traducido algo más que: “Unga,
unga”, pues para mi esa actitud solo es razonable en un ser de las
cavernas.
Entre gritos y
tráfico conseguí llegar a mi parada de tren, necesitaba oír el mar. Había
vivido a dos pasos de él, pero ahora solo me quedaba cerca si miraba desde la
ventana su horizonte. Eran diez minutos, solo una parada y muchas caras
familiares para mí, de hecho en aquel vagón había personas que tenían dos o
tres diferentes. Ojalá nadie me reconociera, ni me hablaran con compasión,
pensando que me caen bien cuando ni siquiera han caído en mi vida por mi propia
intención. Aunque para ser redundante, he de decir que siempre he tenido la
esperanza de que todo caerá por su propio peso, que yo seré recompensada por
mostrarme tal y como soy, y ellos, ellos no. Igualmente era inevitable que la
gente supiera de ti en aquel pueblo tan pequeño, lo descubrían todo, incluso lo
que no era cierto.
Justo había
pisado tierra firme cuando me volvió a llamar, mira que yo lo quería… Pero
tanta atención hacia mi persona era abrumadora.
-Ahora no -.
Dije en voz alta mientras dejaba que la llamada se diera por perdida. Aunque
más perdida estaba yo y nunca lo asumí. Ser una mujer cabezona lo llaman,
aunque tal vez fue falta de valor lo que tuve para responder aquella llamada.
Hacía semanas que no me sentía plena, el lugar que había bautizado como hogar
se había convertido en una jaula, y yo solo quería volar.
Aquella mañana
no iba a dejar de ser igual que las anteriores. Seguí caminando por la avenida,
no sonreía, no me apetecía sonreír. De hecho la gente que pasaba a mi lado
parecía temer respirar el mismo aire que yo por miedo a que se hubiese envenenado con el mal humor que llevaba. Al igual que la mujer de la librería, yo también había perdido mi
don de gentes.
-Buenos días mi
sol, estás radiante, como siempre.
Esa mujer tenía
el brillo de todas las estrellas dentro de su viejo corazón. Nunca nadie me
sacaba una sonrisa, pero ella no era como el resto. No pertenecía al club de
guardar las apariencias, y me enseñaba ver, incluso lo que ella no podía.
-¿Cómo has
sabido que estaba delante de ti?
-Cielo, solo tú
tienes ese olor a mar y vainilla tan peculiar...
Esto es el inicio de un pedacito de mi que me he atrevido a compartir. Dentro de poco, más y mejor.
Lucha por tus sueños.
Nos vemos pronto, Atte:
Malcov.