jueves, 14 de junio de 2018

Maldito desorden


Me he convertido en caos, en maldito desorden
Se me acabaron las ganas de encajar si no hay razones.
Que por no seguir la corriente querían hacerme añicos,
Y que por arrastrar: "lo conseguimos".

Solo quiero estar a solas,
Dejar de echarme de menos,
Escribirme tras un punto y a parte
Y no ser la acabada de la historia...

Y he de reconstruirme a base de rimas,
Aunque mi autoestima fuera pisoteada por lógicas aplastantes…
Aunque sintiera que en esta fría realidad no hay sitio para mí
Porque aquí nada va por amor al arte.

Pero si te sirve de consuelo
Memorizo el teorema de sus piernas cuando no me mira
Porque nada me enloquece como una noche sus pupilas...

Ya no siento no ser a ciencia cierta todo lo que esperas
Lo que me preocupa es terminar de sanar este corazón que llevo a medias.

lunes, 28 de mayo de 2018

Traicionera


Es tan traicionera que quiere matarme.
Pararme, cortarme.
Hacer con lo que queda de mi escombros,
Escombros aun más grandes.

Es un huracán que ha arrasado con todo,
haciendo mis pasos errantes.

Es tan fría que arde.
Escuece en mi estómago en llamas.

Parece que a cada momento es más fulminante que antes.
Parece que me ame y no me ama…

Porque quien ama no incendia.


jueves, 11 de enero de 2018

Lo que queda de mi I



Hice lo que se supone que hay que hacer. Escuchar a tus sueños. Confieso que nunca entendí por qué no se podían poner barreras a los sentimientos, si eso daba paso al dolor que supone echar de menos…

Entonces hice lo que nunca me había atrevido a hacer, cortar por lo sano para curar mi enfermo corazón.
I
Dolía. Por eso empecé a escribir. No sé si era pleno mayo o sus últimos días cuando elegí por azar aquel cuaderno de la vieja librería. No estaba en medio del pueblo, pero todo el mundo sabía de ella. De pequeña entraba solo por su olor a anticuario, a diferencia de la mayoría de las personas que conozco, que afirman que les transmiten “mal rollo”, a mí las reliquias siempre me han llamado la atención. Pedacitos de historias, la vida hecha añicos esperando a ser parte de ti. Eso son los libros antiguos, ruinas a las que hay que escuchar, pues al final todos estamos hechos de escombros.
Con el paso del tiempo ya fueron Bécquer y Shakespeare, entre otros, quienes me invitaban a recorrer los largos pasillos de papel roído y amarillento. De libros ordenados de la A a la Z las estanterías estaban repletas, y yo como siempre maldecía que el abecedario no tuviese veinticinco letras más. Fueron varias las ocasiones en las que visitaba aquel lugar sin tan siquiera dinero, de hecho me pasaba por allí dos o tres veces en semana, cogía el libro que por ese momento acaparaba mi atención y leía un capítulo fugaz. Luego lo dejaba, pues no sabía si aquello estaba del todo correcto y no había sido nunca una chica de saltarse las normas. O eso creía. Finalmente, entre visita y visita, acababa la historia sin darme a penas cuenta. Aquellos libros que nunca se marcharon a casa conmigo terminaban siendo para mi algo más que lectura. Parecíamos amantes, furtivos, disfrutando de nuestra compañía de ratos, siendo en ellos los únicos seres que podían escapar, subir, navegar por la atmósfera de La Tierra, y luego olvidarnos. Algo así sucede con el amor cuando se apaga, que se convierte un libro cerrado.
-Son doce euros.
Joder. Que caro.
La dependienta de la enorme librería me conocía, y yo la conocía a ella. Aunque más que eso, nos teníamos en cuenta, ya que no sabíamos nada la una de la otra. Yo iba y le compraba, eso era lo importante y lo que a ella le importaba. Menos mal que me gusta leer, porque si llega a ser por su don de gentes habría dejado de comprarle más pronto que tarde.
Pagué por aquel cuaderno, que no sabía para qué exactamente lo iba a utilizar, y me marché sin despedirme. El calor en la calle era espantoso, pesado y pegajoso, llevaba puesto un short, demasiado short para mi madre, que con el largo de mi blusa de tirantes desaparecía, blusa que dejaba a la vista con facilidad la lencería de mi sujetador. Y eso me gustaba. Mi pelo ese día estaba súper más rizado que nunca, y mis botines tobilleros eran la banda sonora de la acera. Mi bandolera, con dos o tres libros, pesaba más de lo habitual. Es lo que tiene engancharte a más de una historia a la vez.
Recuerdo los silbidos de ciertos especímenes, a los que pongámosle unos 30 años, que en la calle trataban de llamar mi atención. El pan de cada día para cualquier chica de mi pueblo. A veces te gritaban cosas obscenas, que podías caracterizarlas así por el tono que empleaban, porque no era raro que ni supieran pronunciarlas. Yo nunca había traducido algo más que: “Unga, unga”, pues para mi esa actitud solo es razonable en un ser de las cavernas.
Entre gritos y tráfico conseguí llegar a mi parada de tren, necesitaba oír el mar. Había vivido a dos pasos de él, pero ahora solo me quedaba cerca si miraba desde la ventana su horizonte. Eran diez minutos, solo una parada y muchas caras familiares para mí, de hecho en aquel vagón había personas que tenían dos o tres diferentes. Ojalá nadie me reconociera, ni me hablaran con compasión, pensando que me caen bien cuando ni siquiera han caído en mi vida por mi propia intención. Aunque para ser redundante, he de decir que siempre he tenido la esperanza de que todo caerá por su propio peso, que yo seré recompensada por mostrarme tal y como soy, y ellos, ellos no. Igualmente era inevitable que la gente supiera de ti en aquel pueblo tan pequeño, lo descubrían todo, incluso lo que no era cierto.
Justo había pisado tierra firme cuando me volvió a llamar, mira que yo lo quería… Pero tanta atención hacia mi persona era abrumadora.
-Ahora no -. Dije en voz alta mientras dejaba que la llamada se diera por perdida. Aunque más perdida estaba yo y nunca lo asumí. Ser una mujer cabezona lo llaman, aunque tal vez fue falta de valor lo que tuve para responder aquella llamada. Hacía semanas que no me sentía plena, el lugar que había bautizado como hogar se había convertido en una jaula, y yo solo quería volar.
Aquella mañana no iba a dejar de ser igual que las anteriores. Seguí caminando por la avenida, no sonreía, no me apetecía sonreír. De hecho la gente que pasaba a mi lado parecía temer respirar el mismo aire que yo por miedo a que se hubiese envenenado con el mal humor que llevaba. Al igual que la mujer de la librería, yo también había perdido mi don de gentes.
-Buenos días mi sol, estás radiante, como siempre.
Esa mujer tenía el brillo de todas las estrellas dentro de su viejo corazón. Nunca nadie me sacaba una sonrisa, pero ella no era como el resto. No pertenecía al club de guardar las apariencias, y me enseñaba ver, incluso lo que ella no podía.
-¿Cómo has sabido que estaba delante de ti?
-Cielo, solo tú tienes ese olor a mar y vainilla tan peculiar...

Esto es el inicio de un pedacito de mi que me he atrevido a compartir. Dentro de poco, más y mejor.
Lucha por tus sueños.
Nos vemos pronto, Atte:
Malcov. 

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Desde dentro

Hace tiempo leí que para curar el dolor hay que entenderlo y que la rabia no es más que un obstáculo del que solo eres conciente cuando te das con él de frente. Tal vez te suene duro, pero yo no sé quien soy, y aunque te suene peor, creo que es algo que cada vez me importa menos. Porque podría prensentame diciendo: "Hola, me llamo Cristina, me llaman Cris y firmo como Malcov, estudio bellas artes e invierto todo mi tiempo libre en darle vueltas a la cabeza", pero eso no es ni la cuarta parte de la vida que tengo entre manos. Ni la que tu tienes. Lo único que quiero decir es que hay que darse tregua, valorarse, sin dejar de luchar. Por ti, por los que no pueden hacerlo por si mismos y por quien tu quieras. Estoy cansada de escuchar que no puedo cambiar el mundo, porque aunque estadísticamente les tenga que dar la razón, creo que mis propósitos pueden ser un mínimo punto de inflexión, y ya sabemos lo que ocurre en esas marcas del camino, que llegan voltean y lo consiguen. Logran más de lo que proponían, pues los sueños lo tumban todo, desde los miedos hasta los dias malos, pasando por el sentimiento de infravaloración y llegando finalmente a la felicidad. Por eso no vale la pena rendirse, porque el valor más grande es el que tu te das. Por eso entiéndete, cúrate y haz de la rabia un lejano recuerdo.
Nunca dejes de luchar, nos vemos pronto.

Atte: Malcov.